• 13/06/2021 3:40 PM
La hermana Yajanira afirma que Dios le mostró su misión de hacer algo por la desnutrición infantil

Los niños no se duermen con hambre

El más universal de todos los libros, la Biblia, recrea en el capítulo 19 de Marco uno de los pasajes más conocidos para describir el afecto especial de Dios por los inocentes y por los adultos que se convierten y son como ellos:

13 Entonces le trajeron algunos niños para que pusiera las manos sobre ellos y orara; y los discípulos los reprendieron. 14 Pero Jesús dijo: Dejad a los niños, y no les impidáis que vengan a mí, porque de los que son como éstos es el reino de los cielos. 15 Y después de poner las manos sobre ellos, se fue de allí.

         La hermana Yajanira Mosqueda es una joven monja de la Congregación Esclavas de Cristo Rey convencida de cumplir los tres elementos esenciales de su identidad: servir a Dios para su Gloria, ayudar al prójimo en la salvación de y obedecer con lucidez estando siempre dispuesta a cumplir la tarea que la Providencia le encomiende. Todo, para la comunidad y fiel a las enseñanzas de San Ignacio de Loyola.

          Para la religiosa del hábito beige fue Dios quien le habló a través de un sueño en el que vio a una monja vestida como ella rodeada de utensilios de cocina. Un día visitó el barrio Los Pocitos, una zona muy humilde del oeste de Barquisimeto: “entré a un rancho y vi a dos niñas sucias y mocosas. Pregunté a la dueña y me dijo que la mamá las dejó para irse con un hombre (…) En ese momento, sentí que una flecha traspasaba mi corazón; sentí el dolor de esas niñas”. Fui a la capilla del sector y le dije a Dios que, ya que me había dado la gracia de ver eso, me indicara también cómo hacer algo”.

          Quien ora con fe siempre es escuchado

          La hermana Yajanira comenzó por la tarea más urgente: pedir ayuda para poder ayudar. Contactó a algunos amigos, le donaron alimentos y le alcanzaba no solo para las dos niñas que conoció sino para cinco más. Pidió a los vecinos reunir a los siete y no solo almorzaron: escucharon sobre Dios y la Virgen. Repitieron la jornada varios domingos siguientes. El espacio se hacía pequeño; crecían el número de comensales, de colaboradores y ya no cabían en las casas. Pidieron permiso en la iglesia y les permitieron entrar. La misión tomaba forma.

          Segura del poder de la oración, un día, la religiosa pidió a las cocineras reunirse a clamar a Dios por un espacio. Al poco tiempo, recibieron la noticia de que podían disponer de un terreno, pero, levantar una construcción requeriría recursos y trabajo que no tenían de inmediato. Reorientaron la súplica y pidieron a Dios “una casita”. Enseguida una filántropa, desde Argentina, escribió un mensaje directo por redes sociales preguntando “qué necesitan” y, “sin miedo, me atreví a decirle: una casa”, cuenta Mosqueda. En solo dos semanas, por obra de una desconocida, tenían una sede propia, con paredes, techo, piso y grandes salones. La misión pasó de obra a lugar.

          El comedor existía ya no solo en la buena voluntad de quienes se involucraron sino en infraestructura. Había que denominarlo de una manera y uno de los amigos del barrio acabó con la búsqueda de un nombre, siempre lo tuvo y eran las palabras de Jesús que la hermana repetía a los padres de los niños para que le permitieran llevárselos a darles un plato de comida caliente: “Dejad que los niños vengan a mí”.

          Los domingos los niños no se duermen con hambre

          De las dos niñas iniciales, pasaron a siete y hoy en día son 250 niños de Los Pocitos quienes reciben porciones nutritivas, formación humana cristiana, y – sobre todo – “les muestran cuánto amor Dios les tiene y cuánto valen como personas”. La cuarentena impuesta como medida preventiva de la propagación del coronavirus obligó a suspender la atención presencial en el comedor “Dejad que los niños se acerquen a mí”, pero siguen ofreciendo alimentos con una nueva modalidad: los padres acuden, hacen fila con el debido distanciamiento físico sin ingresar al local y retiran las raciones en recipientes que llevan a su casa.

             Según un informe de la BBC que cita a la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) sobre el agravamiento del hambre en el contexto de la pandemia de la Covid-19, uno de los países más seriamente afectados es Venezuela, donde los niveles de nutrición de los niños menores de cinco años ya son comparables con los de los países más pobres del planeta. Iniciativas como Cáritas y la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida, lo ratifican a gritos.

          Para que la misión perdure, poder decir que los niños no se duermen con hambre al menos los fines de semana y que pueda aumentar la frecuencia semanal de donación de comida, la hermana Yajanira sigue confiando en la oración y en la voluntad de benefactores: “ponte la mano en el corazón y ayúdanos”. Quienes deseen contribuir, pueden hacer aportes en dinero o productos. Lo más urgente y de fácil transporte y almacenamiento son pasta, harinas, granos y carne de soya. Las vías de contacto son el número 0414-6528411 y la cuenta Instagram dejadquelosniñosvenganami. será el mejor gesto de agradecimiento por el bocado que tienen quienes tienen cómo alimentar a los suyos y compartir un poco con los necesitados. Dios los recompensará.

          Texto: Lirio Pérez Petit.  Fotos: Misión Dejad que los Niños Vengan a Mí

Los niños no se duermen con hambre
Obligados por la pandemia, los padres buscan las porciones de alimento para sus niños a las puertas del comedor